domingo, 22 de diciembre de 2013

En el diario "El Norte de Castilla" (Vocento), Aniversario del Movimiento Scout en Valladolid: "Jóvenes aventureros, disciplinados... y centenarios".-


ANIVERSARIO DEL MOVIMIENTO SCOUT EN VALLADOLID

Jóvenes aventureros, disciplinados... y centenarios

Destacados vallisoletanos como José Gómez Sigler y Cesáreo Aguirre apadrinaron la creación, en 1913, del movimiento Scout, cuyas actividades fueron prohibidas por el franquismo

Diario El Norte de Castilla (vocento) 21.12.13




Robert Baden Powell, inspector general de la Caballería Británica, nunca dejó de insistir en el acendrado patriotismo de aquellos veinte jóvenes que, perfectamente adiestrados, habían comenzado sus andanzas organizadas en 1907, en un campamento experimental en la isla de Brownsea. Eran los primeros Scouts.
Las enseñanzas de Baden Powell recorrerían el mundo entero, llegarían muy pronto a España e inspirarían, a partir de 1910, el nacimiento de los primeros Exploradores españoles; enseñanzas y alegatos que hablaban de «soldados que van delante del ejército, expuestos a gravísimos y continuos peligros, para descubrir al enemigo», pero también de emprendedores «que hacen exploraciones en partes no civilizadas del globo, abren nuevos horizontes a la actividad de su raza y de su Patria, recorren los rincones remotos del mundo, sacrificando su reposo y hasta su vida por la gloria y la grandeza de su país, para ensanchar sus dominios».
A Valladolid llegaron hace justamente cien años, en 1913, después de que lo hicieran en Barcelona, Madrid y Vitoria. Un centenario que los Scouts celebran hoy con un acto a las 11 de la mañana en la Plaza de la Universidad y la presentación, dos horas después, en el Teatro Zorrilla, del libro ‘Hay huellas scouts por Valladolid’, de Juan Antonio Espeso González.
Y es que la ciudad del Pisuerga tuvo además un protagonismo colateral en el nacimiento de los Scouts a escala nacional, pues su fundador, el militar Teodoro Iradier y Herrero, estudió en Valladolid y ejerció como profesor en el colegio de Huérfanos de Santiago del Arma de Caballería, antes de poner en marcha, junto a su amigo Arturo Cuyás, el “Comité Organizador de los Exploradores de España”, en agosto de 1910. Además del modelo de Baden-Powell, Iradier se inspiró en la sociedad “La Exploradora”, iniciada por su tío en Vitoria, de ahí la denominación originaria.
Escuela y milicia
Era un movimiento pujante y los vallisoletanos lo recibieron con alegría y expectación. Sus miembros vestían trajes de pana, portaban insignias identificativas y eran considerados como modelo idóneo de formación para niños y jóvenes, una especie de escuela y milicia que les adiestraba en la aventura, pero también en la vida en grupo, en la fe patriótica y caritativa.
Entre los fundadores en la ciudad figuraron José Gómez Sigler y el comandante de Infantería Ruperto Ramírez; y entre los “padrinos” más destacados, Cesáreo Aguirre, alcalde de Valladolid en 1911-1912, Ricardo Allúe, director de El Norte de Castilla, el capitán de Estado Mayor Nicolás Benavides, y Ernesto Bonaplata Godoy.
En menos de un año de vida, la ciudad ya conocía sus actividades y admiraba las originales excursiones que organizaban, su espíritu de disciplina y orden, además del adecuado adiestramiento físico y moral que recibían de sus instructores. En 1914 ya había más de 18.000 diseminados por toda España, y al año siguiente, el mismísimo Alfonso XIII, que había recibido el movimiento con verdadera admiración, les otorgaba una parcela en el monte de El Pardo para campamento permanente.
Entre las actividades pioneras en nuestra ciudad sobresalió, en julio de ese mismo año, la excursión de 250 exploradores a la finca de Canterac, cedida a tal efecto por la condesa de la Oliva. Además, en las fiestas del Corpus, la plaza de toros acogió una exhibición de sus habilidades y destrezas, ejercicios físicos, demostraciones musicales y disciplina militar; les acompañaba su madrina, la elegante dama vallisoletana Esperanza Álvarez de Guillén.
En los años 20, además de crearse la rama de “lobatos”, el movimiento recibe el total apoyo del dictador Miguel Primo de Rivera, si bien experimenta cierto decaimiento. En Valladolid, por ejemplo, se pasó de 500 exploradores en 1914 a 110 en 1927. El abandono de los jóvenes a los 18 años, la falta de apoyo económico de las clases altas y la aversión de quienes los consideraban excesivamente militaristas y monárquicos explicarían tamaño declive.
De ahí la desconfianza con que los acogió, en un primer momento, el gobierno republicano. Aunque peor les fueron las cosas con la sublevación militar que en julio de 1936 provocó la Guerra Civil: su sede de la calle Doctrinos fue saqueada en dos ocasiones antes de su incautación oficial a favor de las juventudes de Falange. De hecho, en abril de 1940 Franco decretó la suspensión de sus actividades, lo que les obligó a permanecer, hasta 1965, en una situación de semi clandestinidad.
Los primeros pasos de su recuperación en Valladolid comenzaron a finales de los 60, al tiempo que se certificaba el fracaso de las organizaciones juveniles franquistas. Fue en 1970 cuando renacieron de manera oficial, adscritos a la Asociación de Scouts de España (ASDE) y con el nombre pionero de “San Jorge”. Eran, aproximadamente, 150 jóvenes. A partir de 1975, y durante toda la década de los 80, Valladolid acontece a una frenética actividad de creación de grupos de exploradores.
Además, cuando en enero de 1977 recuperaron definitivamente su entidad jurídica, el movimiento ya se había enriquecido con los scouts promovidos al amparo de la Iglesia. Así se explica la existencia de dos ramas escultistas, la ASDE (que en los años 80, por cierto, había incorporado a su seno a los “Scouts de Baden Powell”) y el Movimiento Scout Católico (MSC), cuya estrecha colaboración en Valladolid quedó sellada en 2005, con la firma del pertinente convenio. En la actualidad, el movimiento engloba en nuestra ciudad a más de 1.400 chicos y chicas.
Pequeños héroes
El libro de Espeso también desvela el protagonismo social alcanzado en los primeros tiempos por determinados exploradores vallisoletanos. Es el caso, por ejemplo, de Luciano Bastardo, que en febrero de 1914, con tan solo 13 años, se ganó la Medalla de la Cruz de Beneficencia al interponerse entre un perro rabioso y un grupo de párvulos, “llevándose la peor parte”. Curiosamente, Bastardo, que terminó sus días como monje en Ávila, cuando estalló la Guerra Civil hizo frente a un grupo de obreros que trataba de incendiar la iglesia vallisoletana de San Juan.
También destacaron los exploradores que en abril de 1917 alertaron sobre el incendio desatado en las cercanías de la Plaza Mayor de Salamanca, el generoso Valeriano Gutiérrez, cuyo nombre saltó a la palestra informativa por haber devuelto una cartera con 1.000 pesetas hallada mientras acampaba en San Sebastián, y José María Gómez del Barco, hijo de Gómez Sigler, explorador primero y luego “héroe”, en 1924, en la Guerra de Marruecos.